LA INFUSIÓN



La nochebuena la pasaron muy bien toda la familia reunida, padre, madre y los cuatro hijos. Muy tranquila pero en ambiente más amable que cualquier cena ordinaria. Navidad irían a comer a casa de tita Nía.

Tita Nía, la hermana de Augusto, es una mujer correcta y seria. Sincera in extremis, tanto que en ocasiones parecía tener problemas de integración social, pero sólo en ocasiones, ya que la mayor parte del tiempo estaba relacionandose con alguna de sus muchas amigas. Señoras maduras del barrio de toda la vida. Señoras como ella,  bien peinadas y correctas. Que despellejaban gustosame te suegras o nueras, dependiendo de la edad o el papel a interpretar, en la cola del súper, en el chocolate del domingo, en el mercado,  en la manicura o incluso en el metro, con el señor de al lado.

Abrió la puerta Inés, la hija pequeña. Adolescente ya,  con diecisiete años. Virginia era la hija menor de Ernesto, y tiempo atrás se había llevado de maravilla con Inés,  pero ya no. Sin saber porqué la relación se había roto. Qué pena. Ernesto, su mujer Trini, Sara la hija mayor y Raúl y Rubén después.

Comieron. Hacia algo de frío, cosa bastante normal en aquella casa tan grande como oscura, y ciertamente humeda, que aunque tenía una buena calefacción no llegaba a calentar con ese suelo de cerámica. Demasiado pedir.

La comida pretenciosa y sin gracia, un menú que trataba de imitar un buen menú de moda estaba desustanciado y mal acabado. Espárragos trigueros con jamón, los espárragos de crudos sabían a regaliz. El jamón cortado groseramente de máquina y aunque era del bueno, resultó salado. Una sinfonía de mariscos que más bien parecía una orquesta de barrio y de pachanga, cigalas pequeñas, todo cáscara.
Rubén,  tan genial como siempre fantaseaba al chuparretear la cáscara  con que era la uña de dedo gordo del pie. Almejas, pocas y enjutas recocidas en el insulso caldo que tanto agradecía la hojita de laurel. Ay, menos mal de esa hoja de laurel. Y algunas rodajas de merluza bailando la samba con los guisantes.
Luego llegó el asado, cerdo relleno,  de espinacas y tortilla francesa. Virginia pensando que era queso pidió un trozo grande. Quedó decepcionada.

Diana, la hija mayor de tita Nía, se afanó en preparar una infusión muy rica de hierbas digestivas. A la que todos dijeron que sí buscando un sorbo calentito. Ya sentados en el sofá y los sillones hablaban ambas familias amenamente. Rubén decía payasadas que siempre hacían reír, además era un chico guapo, y Raúl,daba mucho juego ya que se acaba de echar novia. Pobre, todo colorado esquivaba las preguntas de su madre y su tía.

Llego el té. Diana puso un juego de té precioso de barro y todos quisieron. El azúcar era en terrones y Rubén se echó tres. Augusto le daba vueltas sin parar y Rubén le dijo que parase que lo iba a poner en punto de nieve.

Siguieron charlando. Ya más relajados hablaron los primos de los viejos tiempos y Virginia cantó un poquito un fragmento de un villancico que había estudiado en el instituto.  Lo hacía francamente bien. Y de repente a Augusto le sobrevivieron ganas de no sabía si tirarse un pedo o ir al baño. Apretó el ojete. Aquello quería salir. Apretó y cruzó las piernas. Nada, eso estaba ahí llamando a su puerta. Se levantó para ir al baño y sólo era un pedo. Pequeño. Ahí lo abandonó y llegó al salón a tiempo para escuchar la anécdota de cuando de niño se ponía el vikini de su hermana en la playa porque era como el calzón de supérman.

Las ganas de pederse no quedaron ahí.  Diana, acostumbrada a tener problemas de esta naturaleza comenzó a sentirme mal. Y con éxito clavó un pedito en el cojín del sillón. ¡mierda, huele! Pensó y el pedo llegó a los ojos estupefactos de Raúl que se calló sin dar crédito. "¿Sonia? En serio?" Pensó.
La siguiente víctima fue de nuevo Augusto. Esta vez no se levantó, sabía que sólo era un pedo y se dejó llevar mientras se acomodaba en la silla. Virginia volvía a cantar, esta vez un clásico de U2 y el pedo salió tranquilamente. Su mujer sintió ganas de pederse también. Apretó el culo. Con éxito.
Pronto Inés detectaría el pedo de su tío. Pero había viajando tanto que se lo achacó a su madre. No dijo nada. Al rato a la pobre Diana le acosaba otro pedo persistente y puñetero. Lo intentó volver a clavar en el sillón, pero se le quedó atrapado en el pantalón. Le hacía cosquillas.

A resaltar el hecho que los pedos que mueren atrapados en la ropa parecen más sustancias sólidas que gaseosas, y altamente fieles ya que quedan por largo rato ahí, pegados.
Le tocó el turno a su hermana y este sonó. Rubén se giró, y con descaro dijo: "prima,  te has tirado un pedo?" E Inés contestó enfadada "¡No! Te lo has tirado tú." Y el contesto apresurado "¿yo? No, tú"

"¡Niños, niños no discutais!" Dijo Tita Nía. "Mamá es que el primo dice que me he tirado un pedo y ha sido él" Dijo acusica la pava. Él contestó:"Yo no sé si te has tirado un pedo o no, pero yo no me lo he tirado"
"Venga, niños que ya sois mayores. Dejaos de chorradas" Dijo el padre de Rubén que pronto sería culpable de su tercer pedo.

La tarde siguió mientras Raúl era interrogado sobre su novia y Diana contaba lo mucho que le costaba estudiar.

Había pasado tiempo suficiente para que se sacase de nuevo la bandeja de turrones y se sirviera más infusión y café. Reían.  Ya más relajados a Virginia se le escapó un pedo, largo pequeño pero sonoro, un pedo tan elocuente que captó las miradas de toda su parentela y avergonzada se tapó la cara y huyó al baño. Sus hermanos se Reían y sus padres  le quitaban importancia. Entonces tita Nía se levantó tras ella para consolarla.

'No te preocupes niña, eso nos puede pasar a todos, no tiene importancia." Fue su prima tras ella también, a consolarla. Las que antaño habían sido inseparables y ya tenían una relación rota parecía revivir a raíz de aquel pedo. En el fondo Inés disfrutaba de ver a su prima sufrir. Y ésta se afanaba por no llorar.
En el salón los primos mayores seguían hablando de estudios, Raúl aconseja técnicas de estudio a Diana que se defendía diciendo que a ella no le funcionaban esas cosas. Entonces a Augusto le sobrevino otro pedo, este poderoso redondo y sonoro. Rubén visiblemente escandalizado exclamó:"!pero papá! " en qué lugar estaba quedando la familia cuando se compenso la balanza con un pedo de Diana. Raúl estalló en risa, una risa sana y grande, una risa generosa que ánimo a reír también a todos, y su madre comenzó con su risa torpe aguda que recordaba el piar de un pajarito y se tapaba la boca. Inés,  tita Nía y Virginia volvieron al salón para empezar a comprobar que lo de los pedos empezaba a tomar tintes de pandemia.
Ya toda la familia en el salón comenzaron a dilucidar las posibles causas de tanto pedo. Había tantas opiniones como familiares. Unos decían que habían sido los espárragos que tienen mucha fibra. "De siempre se ha dicho que los espárragos dan ganar de ir al baño "decía tita Nía a lo que Rubén contestó "no, lo que hacen es que huela mal el pis"" más que mal, raro," aseveró su padre " el pis siempre huele mal" y seguían discutiendo escatologicamente y poco a poco se iban riendo cada vez más, la risa de pollo de Trini era tan contagiosa y relajante que el mismo Raúl fue protagonista de un pedito. Ridículo,  y además nadie lo oyó.  Inés fue apresurada al baño a perderse a gusto.

Y pronto, a la hora de la merienda echada, todos los culos tenían algo que decir. Virginia insistía en culpar a los espárragos,  tita Nía también. Otros decían que si el pescado. Más diplomática Trini decía que en absoluto era aquello culpa de la comida, si no más bien de los abusos de esas fiestas, de lo mucho que sin duda habían cenado todos anoche. Trini era apocada y tímida, y siempre lamentó no llevarse mejor con su cuñada. No quería decir que la comida estaba desustanciada y que ese pescado quizá no estaba fresco. Pero siguieron riendo y pediendose. Rubén, de broma abrió la ventana, por temor, decía, a que su padre se encendiera un cigarro y todo ese metano hiciera explotar la casa. Le gritaron casi al unísono que la cerrara. Diana cogió aquella vieja guitarra malherida y aún de luto por la muerte de su dueño, su padre, y Virginia cantó. Ahora con toda la voz.

Lo pasaron genial.  Pedo más pedo menos entre todos se oyeron unos 50 y se olieron varios cientos, pero cuenta la leyenda que lo que se huele son los fantasmas de todos los pedos asesinados por el pícaro culito de Diana que iban despacio saliendo del cojín como auténticos zombis atacando toda nariz que se interpusieron en su camino.

Rieron, y rieron tanto que tita Nía se fue a hacer tortilla de patatas,  salchichas, ensalada de tomate y pan. Y la cena sí que estaba buena, y ¡qué bien cantaba Virginia! Y así celebramos el nacimiento del Señor en casa de los Fernández Aguilar, con la simplicidad del amor bien entendido, el perdón de los pecados y la esperanza de que tita Nía el año que viene haga tortilla de patata como ella sabe.

Y mientras tanto el té se reía maliciosamente en su caja sin levantar sospecha alguna. 

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